Associació d'Amics de les Orquídies de Burjassot
Asociación de Amigos de las Orquídeas de Burjassot

Propagación de orquídeas

O cómo aumentar tu colección de orquídeas sin tener que pasar por caja

Por Tomás Martínez y Asun Durá.

Las orquídeas tienen formas diversas de multiplicarse con el fin de asegurar su supervivencia. Estas formas, como ocurre normalmente en el reino vegetal, pueden dividirse en dos tipos: de tipo asexual o de tipo sexual.

Reproducción asexual

La reproducción asexual, o propagación vegetativa, es la más habitual cuando se las cultiva fuera de su hábitat natural. Es también la manera más simple de ampliar nuestra colección de orquídeas, sólo que a base de clones. En efecto, la nueva planta obtenida por multiplicación asexual (planta hija) será idéntica a aquélla que la originó (planta madre).

Básicamente existen 4 métodos por los que las orquídeas se pueden reproducir de modo vegetativo, aunque no todos ellos se aplican en todas las orquídeas: división de la planta, corte de rizomas, extracción de keikis y micropropagación in vitro.

División de la planta madre

Es la forma más rápida de obtener nuevas orquídeas y se aplica típicamente cuando una orquídea de crecimiento simpodial se ha desarrollado demasiado y ya no cabe en la maceta. Una opción es trasplantarla a una maceta más grande. La otra es seccionarla en 2 o más partes, según nos permita la planta. De esta manera, la planta madre deja de existir como tal, pero obtenemos 2 o más plantas hijas que son clones de la madre.

Al dividir una orquídea, únicamente se deben tener dos precauciones: Hay que hacerlo sólo cuando está creciendo activamente (esto es, generando nuevos pseudobulbos) y, en general, cada parte debe contar al menos con tres pseudobulbos adultos y con hojas, de otro modo las plantas hijas pueden resentirse demasiado y retardar su recuperación y la reanudación del crecimiento.

La división se puede hacer con las manos, rompiendo el cepellón por el lugar que queramos, o con una herramienta bien afilada y desinfectada.

Corte de rizomas

Algunas orquídeas simpodiales producen tallos subterráneos llamados rizomas que crecen en horizontal muy cerca de la superficie del sustrato. Estos tallos contienen nudos cada pocos centímetros o milímetros capaces de generar yemas u “ojos”. En las condiciones adecuadas, las yemas pueden emitir raíces y desarrollarse hacia el exterior del sustrato como nuevos brotes, que crecerán hasta transformarse en plantas adultas. Por tanto, se pueden seccionar los rizomas en trozos que contengan al menos un brote con raíces cada uno y cultivarlos por separado de la planta madre.

Un ejemplo característico de este tipo de propagación lo proporcionan las cattleyas. En la base de sus tallos aéreos es frecuente la aparición de rizomas de los que van naciendo nuevos retoños. Es por ello que suele decirse que estas orquídeas “andan por la maceta”.

Extracción de keikis

De forma similar a cómo los rizomas (tallos subterráneos) pueden dar lugar a nuevos brotes, los tallos aéreos, e incluso las varas florales, pueden producir “hijuelos” a los que comúnmente se denomina keikis, palabra hawaiana que significa “bebé”. Son más propensos a desarrollarse en algunos géneros como Phalaenopsis y Dendrobium y surgen, como en el caso de los rizomas, a partir de yemas latentes presentes en los nudos.

Esta manera de multiplicación asexual, a diferencia de las anteriores, puede hallarse tanto entre orquídeas simpodiales como entre monopodiales. Así, en las vandas y las phalaenopsis (ambas monopodiales) a veces se originan nuevos vástagos a lo largo de su tallo, proceso que suele estimularse si se daña irremediablemente el ápice de éste, único lugar por el que normalmente crece el tallo de estas plantas. En este caso, y en otros (aunque no siempre), se trata de un mecanismo que se activa en la orquídea cuando nota amenazada su supervivencia y, de hecho, la planta madre puede llegar a morir al destinar todas sus reservas a la alimentación del keiki, especialmente si sus raíces se hallan en muy mal estado.

Una vez el nuevo retoño tiene hojas y raíces suficientes para desarrollarse por sí mismo, se puede separar de su madre y cultivarse de modo independiente. Siguiendo con las phalaenopsis, por ejemplo, normalmente se considera que un keiki está listo para su extracción cuando tiene al menos 3 hojas y 3 raíces con una longitud mínima de 3 cm (la llamada “regla del 3”). Las phalaenopsis, además, son bien conocidas por generar este tipo de brotes en los nudos de sus varas florales, lo que también ocurre en otras orquídeas como las vandas y las cymbidium.

Sin embargo, la regla del 3 no suele (o no puede) aplicarse en todas las orquídeas, por lo que son la experiencia y el sentido común los que acaban dictando el momento de la separación de los hijuelos. A este respecto cabe añadir que, si la planta madre goza de buena salud, no hay que apresurarse en ello, puesto que cuanto más crecido esté el keiki, mayores probabilidades tendrá de sobrevivir en solitario y más rápido reanudará su desarrollo.

Micropropagación in vitro

Ésta es la manera más complicada, pero también la más efectiva, de obtener clones de una orquídea. Es, de hecho, el método empleado comúnmente por las empresas dedicadas a producir (que no necesariamente a cultivar) estas plantas, que cuentan con laboratorios destinados a tal efecto. Todas las phalaenopsis, dendrobium, cattleyas, “cambrias”, etc. que encontramos habitualmente en tiendas como las floristerías o centros de jardinería se originaron por este método. En casa es difícil, aunque no imposible, de llevar a cabo, básicamente porque requiere aparatos, materiales, productos químicos y conocimientos que no están al alcance de todos.

En esencia, consiste en cultivar, en condiciones de esterilidad y con una solución nutritiva adecuada, pequeños fragmentos de la planta madre que, a medida que van creciendo, se van dividiendo una y otra vez en un proceso que, en teoría, puede ser infinito, lo que hace posible la obtención de miles, incluso millones, de clones de la misma planta. Este proceso suele aplicarse por los productores a escala industrial de orquídeas para multiplicar aquellas plantas, obtenidas mediante reproducción sexual (ver abajo), que consideran lo bastante robustas y con flores lo suficientemente atractivas y duraderas para su venta comercial.

El trocito de la planta madre utilizado, llamado explanto, no puede ser cualquiera, pues debe tener la capacidad de desarrollar todos los tipos de tejidos que tiene un ejemplar adulto es sus raíces, tallos, hojas, flores... Por ello, suele tomarse de las yemas vegetativas o de lugares como los meristemos apicales de los tallos o de las raíces, es decir, de aquellos puntos responsables del crecimiento vegetal. El tejido meristemático es el más joven de una planta y tiene una aptitud para la división y la diferenciación de sus células similar a la de un embrión.

Reproducción sexual

Mediante este tipo de multiplicación ya no vamos a obtener clones, sino organismos que, aunque parecidos a los padres, no son idénticos a ellos. Y decimos “padres” porque aquí se precisa el concurso de dos tipos de células distintas (gametos) para generar el nuevo individuo: un gameto femenino llamado oósfera y otro masculino que va contenido en el polen. La fusión de los dos produce un cigoto, del que se desarrollará un embrión que contendrá material genético de ambos gametos y, por tanto, aunque similar a ambos progenitores no será igual a ninguno de ellos.

En las orquídeas, casi todas las especies producen flores hermafroditas, esto es, capaces de originar tanto oósferas (en su ovario) como polen (en su antera) y, si bien la autopolinización es posible, no es frecuente, puesto que la entrada al ovario (llamada estigma) y la antera están separadas por una barrera física. La fecundación suele producirse, en consecuencia, de modo cruzado: de una flor a otra en la misma planta o en plantas distintas. En este intercambio es indispensable un polinizador, normalmente alguna especie de mariposa, polilla, avispa, abejorro y hasta colibríes o murciélagos. Los polinios (que contienen los granos de polen) quedan adheridos a él al abandonar la primera flor en la que se posa y, cuando interactúa con una 2ª flor, los polinios entran en contacto con el estigma, cuya superficie pegajosa capta con facilidad los granos de polen.

El ovario está lleno de oósferas (en algunos casos pueden ser millones) y los granos de polen pueden contener también millones de gametos masculinos. Pero, al igual que ocurre con los animales (por ejemplo, con nuestra especie, la humana), ninguna oósfera es genéticamente idéntica a sus “hermanas”, ni ninguno de los gametos del polen es exactamente igual a sus “hermanos”. Siguiendo con el ejemplo de los seres humanos, cada óvulo y cada espermatozoide, aunque procedan de la misma mujer y del mismo hombre, son distintos y, al fusionarse, dan lugar a hijos similares, pero diferentes.

Si el proceso transcurre con normalidad, el resultado de la llegada de miles de gametos masculinos a un ovario repleto de oósferas es la formación de miles de embriones, que, a medida que van desarrollándose, precisan de más espacio. Esto hace que el ovario de la flor fertilizada, que se encuentra en su parte trasera (allí donde la flor se une a su pedúnculo), comience a agrandarse enormemente, transformándose en una cápsula, esto es, en el fruto de la orquídea. En la cápsula, los embriones irán creciendo y convirtiéndose en semillas, en un proceso que típicamente puede durar varios meses, aunque el tiempo necesario depende de factores como la especie de orquídea, la temperatura, la luz, etc.

Una vez madura, la cápsula suele cambiar de color, pasando normalmente del verde al amarillo, y acaba abriéndose, liberando sus semillas. Dada la cantidad de semillas que puede contener una cápsula (decenas de miles o, incluso, millones), éstas son muy pequeñas y muy ligeras, dispersándose fácilmente con el viento. A simple vista, estas semillas microscópicas se aprecian como un polvillo y una de las consecuencias de su ínfimo tamaño es que, a diferencia de otras semillas que nos resultan más familiares como las de los cereales o las frutas, no tienen prácticamente sustancias nutritivas con las que alimentar al embrión una vez éste germine. Son, básicamente, un agregado de algunas decenas o cientos de células no diferenciadas, rodeadas por una capa llamada testa, que las protege de la deshidratación.

Si la semilla cae en un lugar con la temperatura y la humedad apropiadas, germinará, es decir, se romperá su testa para permitir que el embrión crezca y sus células empiecen a diferenciarse y a producir así raíces, tallos y hojas. Pero, puesto que la semilla carece de sustancias con las que alimentarlo, esto sucede muy pocas veces. La inmensa mayoría de los embriones de orquídea mueren al poco de germinar. Con suerte, sólo unos cuantos de cada cápsula consiguen superar esta cruel etapa en la naturaleza: son aquéllos que logran entrar en contacto con un hongo adecuado, capaz de establecer una relación simbiótica, llamada micorriza, con las jóvenes células del embrión. Será el hongo el que proporcionará a éste los azúcares y vitaminas necesarios para que se desarrolle y, una vez la nueva plántula tenga hojas y raíces suficientes para alimentarse por sí misma, será ella la que suministrará nutrientes al hongo, que se establecerá en sus raíces de por vida.


De todo lo dicho se deduce que reproducir orquídeas a partir de semillas tiene dos dificultades importantes a considerar, aunque ambas pueden salvarse: 1. Se requiere un polinizador apropiado que transfiera el polen de la flor padre a la flor madre; 2. Se precisa de un hongo capaz de formar una asociación micorriza con los embriones. Estas dos circunstancias, sobre todo la segunda, hicieron que, durante décadas, la hibridación de orquídeas fuera de su hábitat natural condujera repetidamente al fracaso, ya que tanto el polinizador como el hongo suelen ser muy específicos y están presentes sólo en el ambiente natural de cada orquídea.

Al primer requisito se le halló rápida solución: la fertilización puede hacerse de manera manual. Simplemente, se toma el polen de la antera de una flor y se introduce en el estigma de otra (o, incluso, de la misma, si lo que se persigue es una autopolinización). El segundo inconveniente puede superarse de dos modos: 1. Colocando las semillas sobre un cultivo del hongo adecuado y llevándolas a las condiciones de temperatura y humedad necesarias (germinación simbiótica); 2. Situando las semillas en un medio lo suficientemente nutritivo para que no precisen de ninguna micorriza (germinación asimbiótica).



El segundo método es, con diferencia, el más empleado en la actualidad, aunque se desarrolló más tarde que el primero. Si se dispone del hongo, lo cual raramente sucede entre principiantes y aficionados, la germinación simbiótica es la técnica de elección, puesto que es la más simple, al no requerir de condiciones ni materiales especiales. Si no, hay que adiestrarse en el cultivo in vitro para germinar nuestras semillas. En efecto, puesto que debemos proporcionar a éstas un medio muy nutritivo para que se conviertan en plántulas, no hay más remedio que hacerlo en condiciones de esterilidad, para evitar que bacterias y hongos contaminantes se acaben comiendo el alimento de nuestros embriones.

Aunque pueda parecer complicada, la germinación in vitro o asimbiótica de orquídeas no lo es tanto. Puede hacerse con medios caseros y está al alcance de cualquiera. Sólo hay que tener paciencia y perseverar, lo cual merece la pena, ya que permite obtener ejemplares híbridos únicos, personales e irrepetibles.

Por último añadir que no todos los cruces entre orquídeas proporcionan semillas viables. Muchos ni siquiera producen semillas. La razón principal estriba en la genética de estas plantas, como ocurre, en general, entre todos los seres vivos que se reproducen de manera sexual. Así, no suele haber problemas para obtener semillas viables a partir de flores padre y madre procedentes de la misma planta o de plantas que son de la misma especie (otra cosa es encontrar el medio de cultivo y las condiciones adecuadas para que germinen y den lugar a plántulas). Pero la cuestión empieza a complicarse cuando las orquídeas son de especies distintas, si bien la probabilidad de éxito sigue siendo elevada si pertenecen al mismo género. Por ejemplo:  Dendrobium Adastra es un híbrido resultante del cruce de Dendrobium aphyllum y Dendrobium anosmum, dos especies del género Dendrobium. A estos híbridos se les llama intragenéricos. Cuando lo que se pretende es lograr un híbrido intergenérico, esto es, cruzando ejemplares de géneros distintos, hay que saber que a mayor distancia genética entre ellos, menores probabilidades va a haber, normalmente, de conseguir que aquello fructifique. Y para conocer cuan parecidos genéticamente son dos géneros sólo se puede recurrir a la taxonomía (la clasificación científica, en este caso de las orquídeas) o proceder a las bravas y, simplemente, probar. Taxonómicamente, los géneros se agrupan en subtribus, éstas en tribus y éstas en subfamilias de la gran familia Orchidaceae.

De momento, lo dejamos aquí. Explicaremos en otras entradas cómo realizar la polinización manual, cómo preparar el medio de cultivo y cómo sembrar en él nuestras semillas.


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