Associació d'Amics de les Orquídies de Burjassot
Asociación de Amigos de las Orquídeas de Burjassot

Iniciación al cultivo de orquídeas

Por Tomás Martínez. Editado por Asun Durá.

Introducción

Las orquídeas u orquidáceas (formalmente Orchidaceae) constituyen una de las mayores familias dentro del reino de las plantas, pues comprende más de 25.000 especies naturales, a las que hay que sumar las decenas de miles de híbridos y variedades producidos por los floricultores, gracias a la facilidad con que a menudo pueden cruzarse especies que, incluso, pertenecen a géneros distintos.

Dada esta amplísima diversidad, pueden encontrarse orquídeas adaptadas a medios muy diferentes, desde el ecuador hasta los círculos polares, desde el nivel del mar hasta las altas montañas y desde las selvas más húmedas hasta zonas de gran aridez. Por la misma razón, su multiplicidad de formas y tamaños es enorme, como lo son sus flores, que despliegan un abanico de colores y combinaciones de éstos casi ilimitado, morfologías inverosímiles y, en muchos casos, perfumes característicos, que van desde lo más sutil a lo más intenso, pero también desde lo más agradable a lo más nauseabundo.

Técnicamente hablando, las orquídeas son monocotiledóneas, lo que implica que sus semillas sólo poseen una hoja en estado embrionario (esto es, un cotiledón), a diferencia de la gran mayoría de las plantas con flores, que son dicotiledóneas y sus semillas, cuando germinan, generan inicialmente 2 hojitas.

Otras características de las orquídeas incluyen:

# Sus complejas interacciones con los agentes polinizadores. De hecho, la sofisticación que pueden alcanzar sus flores está en conexión directa con el tipo de insecto, pájaro o murciélago que lleva a cabo su polinización, que, por tanto, está altamente especializada. Es por ello que se suele considerar a las orquídeas como el grupo de plantas más evolucionado.

# Su íntima relación con determinados hongos, con los que establecen micorrizas. Se trata de un tipo de asociación beneficiosa (simbiosis) entre el hongo (“mycos”) y las raíces (“rhizos”) de la orquídea, gracias a la cual ésta recibe del hongo nutrientes minerales y agua y el hongo obtiene de la orquídea azúcares y vitaminas. Aunque la inmensa mayoría de las plantas terrestres forman micorrizas, las orquídeas son particulares porque sus semillas raramente germinan a menos que esté presente un hongo adecuado, lo que dificulta su propagación fuera del medio natural en que viven.

# La variedad de sustratos en que pueden crecer. Por ejemplo, hay orquídeas:

  • Terrestres: Se desarrollan en la tierra, como las plantas más habituales.
  • Epífitas: Crecen sobre otros vegetales, normalmente árboles, a los que usan como soporte.
  • Litófitas: Se desarrollan entre las rocas. Sus necesidades de cultivo son similares a las de las epífitas, por lo que las englobaremos, en este sentido, con ellas.
  • Micoheterótrofas: Obtienen casi todos sus nutrientes de los hongos micorrizas, de manera que, en este caso, la relación entre el hongo y la planta es de tipo parásito: la orquídea explota literalmente al hongo que, además, se hace imprescindible para su crecimiento. Algunas de ellas, como las del género australiano Rhizanthella, son subterráneas, viviendo directamente dentro del suelo y exponiendo sólo sus flores al exterior.

Como ya se ha comentado, y al contrario de lo que normalmente se piensa, las orquídeas no son plantas estrictamente tropicales. Si bien es cierto que su mayor diversidad se da en los trópicos, en la Península Ibérica, por ejemplo, se han descrito al menos 80 especies de orquídeas de 27 géneros distintos (http://www.orquideasibericas.info). Las fotos que siguen muestran dos especies del género Ophrys que habitan muy cerca de nosotros.

Ophrys speculum. Foto tomada por Bárbara Contelles.

 

Ophrys tenthredinifera. Foto tomada por Antonio Leira.


Estas orquídeas son terrestres y, por lo general, de pequeño tamaño, por lo que llaman escasamente la atención. Esta discreción es, probablemente, lo que les ha permitido sobrevivir a los aficionados, en demasiadas ocasiones irrespetuosos y que han llegado a causar verdaderos estragos en numerosas poblaciones. Además, su cultivo a nivel doméstico es complicado debido a su elevada dependencia de los hongos micorrizas. Ni que decir tiene que, por supuesto, no hay que recolectar las especies salvajes, sino disfrutar al contemplarlas en su hábitat.

Añadir a esto que el comercio de orquídeas está regulado por el Convenio sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas, conocido como CITES, al que España se adhirió en 1986. Este convenio intenta asegurar que el comercio sea sostenible y que no provoque la desaparición de especies. En su apéndice II incluye a la totalidad de la familia Orchidaceae. En España existe, asimismo, la Lista Roja de Flora Amenazada, que contiene diversas especies de orquídeas que presentan un reducido número de poblaciones e individuos y dos especies endémicas de las islas Canarias. Hay, además, listados similares que se aplican en el ámbito autonómico.

Así pues, no son nuestras delicadas especies autóctonas las más apropiadas para iniciarse en el cultivo de orquídeas. Tampoco tienen especial interés como plantas ornamentales, pues difícilmente pueden competir con las orquídeas tropicales, que suelen ser las que ofrecen las flores más llamativas y duraderas. Muchas de estas últimas, sobre todo las más comerciales, son híbridos nacidos del cruce de plantas del mismo género o, también, de especies de géneros distintos (los llamados híbridos genéricos o intergenéricos). Y éstas son, por tanto, las que podremos adquirir con mayor facilidad. Tienen la ventaja, asimismo, de ser plantas más fuertes y más adaptadas al cultivo doméstico.

Por otra parte, dada la relativa facilidad con que pueden obtenerse ejemplares híbridos, muchos cultivadores han logrado obtener sus propios ejemplares únicos, proceso que requiere una gran dosis de paciencia, pero que puede aportar enormes satisfacciones.

Estructura

Cabe imaginar que, dada su enorme capacidad de adaptación a diferentes medios naturales, las orquídeas van a presentar disposiciones estructurales muy variadas y, en efecto, así es. Sin embargo, esto no excluye que existan ciertos aspectos comunes o que conviene conocer a la hora de enfrentarnos a su cultivo. Esbozaremos aquí los más importantes.

Forma de crecimiento

Las orquídeas se desarrollan siguiendo dos diseños básicos: el monopodial o el simpodial.

Las orquídeas monopodiales son aquéllas que sólo tienen un eje de crecimiento, esto es, un único tallo, en cuyo ápice se da el desarrollo vegetativo (formación de hojas nuevas), con lo que la planta va aumentando en altura. Aunque no son las más habituales en la naturaleza, sí comprenden algunos de los géneros comerciales más conocidos y cultivados, como Phalaenopsis, Vanda o Vanilla.

Vanda. Foto de Encarnita Ortuño.


Phalaenopsis. Foto de Encarnita Ortuño.



Laelia marginata, ejemplo de orquídea con estructura simpodial. Foto tomada por Loli Sanchís.

Las orquídeas simpodiales, por el contrario, originan múltiples tallos. En general, se trata de pseudobulbos, que actúan como almacenes de agua y nutrientes. Si bien estos tallos suelen crecer en vertical, en algún momento detienen su desarrollo, de modo que el crecimiento posterior de la planta se produce en horizontal, con la generación de un rizoma del que brotan nuevos tallos. Se suele decir, por ello, que estas orquídeas “andan por la maceta”.

De esta primera división elemental entre las orquídeas se puede deducir que las monopodiales, dado que se desarrollan fundamentalmente en altura, van a precisar macetas o contenedores más altos que anchos, mientras que, en las simpodiales, la amplitud del recipiente va a ser, en principio, más importante que su altura.

Las raíces

Son, seguramente, el órgano fundamental de la planta, hasta el punto de que se ha llegado a decir que “cultivar orquídeas es cultivar raíces” (María Julia Freuler (2003). 100 orquídeas argentinas. Editorial Albatros). En efecto, si bien sus funciones principales son las mismas en las orquídeas que en el resto de plantas, esto es, fijar la planta al sustrato y absorber nutrientes y agua del medio, en las orquídeas, especialmente en las epífitas, estas tareas son todo un reto del que depende la salud del resto de órganos.

La razón de ello es que, en las epífitas, las raíces son aéreas y, aparte de la difícil misión de adherir a la planta con fuerza a sustratos de formas muy diversas (ramas, troncos, rocas), deben ser capaces de captar con rapidez y efectividad el agua y los escasos nutrientes que se escurren con ella por el sustrato. Esto hace que en las raíces de las orquídeas haya un elemento que no se encuentra en otras plantas y que es necesario cuidar: el velamen. Se trata de la estructura más externa de las raíces, constituida por sucesivas capas de células que aumentan enormemente la capacidad de absorción de las raíces, al formar un tejido muy esponjoso. Es allí, además, donde se insertan los hongos micorrizas.

Si el ambiente está seco, las células del velamen se llenan de aire, adquiriendo una coloración blanca o grisácea. Este aire actúa como un colchón que proporciona protección mecánica a la parte interna de la raíz, el córtex, impidiendo asimismo que éste pierda agua. Sin el velamen, pues, la planta se deshidrataría con mucha facilidad.

En presencia de agua, en cambio, el velamen la absorbe rápidamente, volviéndose transparente y dejando entrever otra de las características que distinguen a las orquídeas epífitas del resto de plantas: bajo el velamen, las células de la raíz son de color verde, al igual que las hojas y los tallos, porque, como éstos, contienen clorofila, es decir, son capaces de realizar la fotosíntesis. Así pues, en presencia de luz y agua, las raíces de las orquídeas epífitas pueden transformar, como el resto de la planta, el dióxido de carbono (CO2) del aire en nutrientes como los azúcares.

El velamen forma una vaina que envuelve completamente todas las raíces sanas, salvo su extremo cuando están en crecimiento. En este último caso, es fácil observar el meristemo, que es normalmente de tonalidad verde o rojiza y es la zona puntiaguda por donde se alarga la raíz. Las raíces pueden emerger del rizoma o de los tallos y pueden ser muy gruesas y ramificarse si son muy largas.

De lo dicho se deduce que conservar el velamen en buen estado es capital para la planta. Sin embargo, cuando cultivamos nuestras orquídeas, pocas veces mantenemos sus raíces libremente al aire. Solemos tenerlas recluidas en algún recipiente y recubiertas de sustrato, lo que aumenta las probabilidades de dañarlas. Para evitarlo, es esencial utilizar sustratos que dejen fluir fácilmente el agua (que drenen bien) y también el aire (que permitan una buena aireación), con el fin de imitar, en lo posible, el medio natural al que está adaptada la planta.

Asimismo, hay que aprender a regular los riegos y el abonado. La mayoría de orquídeas precisan que sus raíces se sequen, al menos parcialmente, de manera más o menos cíclica, y muchas requieren, incluso, de un periodo de reposo, en el que la planta detiene temporalmente su desarrollo y, en consecuencia, no necesita de agua ni nutrientes. Gran parte de las orquídeas en manos de principiantes mueren por exceso de riego.

El abono excesivo es también muy perjudicial: las orquídeas epífitas crecen en sustratos que, a diferencia del suelo, retienen cantidades ínfimas de sales minerales y sustancias orgánicas, por lo que sus raíces no están adaptadas a elevadas concentraciones de dichos compuestos que, de hecho, pueden “quemarlas”.

Por último, señalar que en las orquídeas terrestres las raíces pueden ser muy distintas a las descritas. Así, a veces son tuberosas, con lo que acumulan nutrientes y se engrosan mucho durante la estación de crecimiento, de manera que la planta tenga reservas suficientes para afrontar épocas de carestía, normalmente la estación seca.

Por tanto, es indispensable conocer de qué tipo son nuestras orquídeas, con el fin de proporcionar a sus raíces el cuidado más adecuado, puesto que sin ello es imposible que el resto de la planta funcione bien.

Los tallos

En las orquídeas, los tallos, aparte de ser los órganos que sostienen las hojas y las inflorescencias y las comunican con las raíces (como en muchas otras plantas), suelen ser también los principales lugares de almacenamiento de reservas, especialmente en el caso de las orquídeas simpodiales. Son, por tanto, la despensa de la planta.

En general, puede distinguirse 3 tipos de tallos: bulbos, pseudobulbos y cañas. Los bulbos son tallos modificados que se desarrollan bajo el suelo. Son típicos, por ejemplo, de las orquídeas terrestres europeas. Si, por el contrario, son aéreos, entonces se denominan pseudobulbos. En algunos géneros de orquídeas, como en Dendrobium, pueden ser muy alargados y, por ello, se les llama cañas.


A veces, los tallos aéreos están muy desarrollados, como en muchas especies de Cattleya. En otras ocasiones, son muy poco aparentes o casi inexistentes, como ocurre en Paphiopedilum. E, incluso, hay orquídeas que están desprovistas de estos elementos, casos de Vanda y Phalaenopsis. En estas últimas, son las raíces y las hojas las que acumulan los nutrientes y, en consecuencia, estas plantas soportan peor las sequías.

Cuando no podemos ver bien las raíces porque están ocultas por el sustrato o la maceta, los tallos son el mejor referente de su estado y, en general, del de la planta. Así, si a pesar de regar adecuadamente la orquídea, sus tallos se observan arrugados y raquíticos (deshidratados), es normalmente señal de que las raíces están considerablemente dañadas, pues cuando las raíces están sanas, estos órganos se muestran hinchados y robustos, y esto es fundamental, ya que de ellos dependen las hojas y las flores. De hecho, podemos considerar que los tallos son, tras las raíces, los órganos más importantes de las orquídeas.

Diagnosticar los problemas a tiempo es primordial, porque permite abordarlos cuando todavía hay solución y poner las medidas correctoras de manera más rápida y eficaz.

Las hojas

Las hojas se encargan principalmente de transformar el agua y el CO2 del aire en azúcares asimilables por la planta. También tienen una importancia primordial en la transpiración, que es el mecanismo por el que el agua y las sales minerales captadas por las raíces pueden moverse por el interior de la planta. Las sales minerales son indispensables para que la planta pueda sintetizar proteínas, vitaminas y otros compuestos necesarios para su correcto desarrollo.

La transpiración es posible gracias a los estomas, unas estructuras microscópicas a modo de poros, que se distribuyen especialmente por la superficie de las hojas, y que pueden abrirse y cerrarse. Su apertura hace que la planta pierda agua en forma de vapor, lo que “tira” hacia arriba del resto del fluido que circula por la planta. Además, permite la entrada del CO2 del aire y la salida del oxígeno (O2) resultante de la fotosíntesis. En efecto, gracias al pigmento verde llamado clorofila, y en presencia de luz, las plantas pueden transformar el CO2 y el agua en azúcares, proceso que libera O2.

La transpiración también la realizan los tallos, y la fotosíntesis, como ya dijimos, incluso las raíces (caso de las epífitas), pero la superficie de las hojas es mucho mayor. Una orquídea sin hojas puede sobrevivir durante algún tiempo, pero tendrá muchas carencias y, en general, no florecerá hasta que consiga desarrollar nuevas hojas.

Hay, sin embargo, algunas excepciones. En ocasiones, el grado de especialización alcanzado por algunas orquídeas es tal que llegan a perder casi completamente su parte aérea, quedando únicamente las raíces verdes. Éstas pasan a encargarse, por tanto, de todas las funciones necesarias para que la planta crezca y se reproduzca: absorben el agua y los nutrientes y fotosintetizan. Se las llama “orquídeas fantasma”. Un ejemplo muy conocido es la Polyrrhyza lindenii, protagonista del libro El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean.

Pero, excepciones aparte, de cuidar bien las hojas depende habitualmente que la planta esté bien o mal nutrida. Por mucho que la abonemos, una orquídea con hojas deficientes tendrá muchas dificultades para asimilar la comida que le demos.

Hay orquídeas que son de hoja caduca (caso de algunas Dendrobium, por ejemplo), aunque la mayoría de las orquídeas son de hoja perenne. No obstante, todas acaban perdiendo las hojas más viejas a medida que van generando hojas nuevas, proceso natural de renovación del follaje.

Además, si una hoja se quema, se rompe, se mancha por algún hongo o es agujereada por algún insecto o caracol, se deteriorará y seguirá así hasta que se seque y se caiga. La orquídea no la reparará ni la repondrá y, en consecuencia, el aspecto decorativo de la planta se verá mermado. No obstante, no es aconsejable cortar las hojas dañadas mientras no se sequen, ya que ello genera una herida que puede ser una puerta abierta a hongos y bacterias patógenos.

Por otra parte, es en las hojas en donde mejor podemos localizar con prontitud muchos de los problemas que pueden afectar a las orquídeas, sobre todo algunas enfermedades y las plagas. En las fotos que siguen, se muestran un par de ellos.

Las flores

La parte que, sin duda, más nos llama la atención de las orquídeas son sus flores. Éstas pueden disponerse de forma individual o, en ocasiones, en grupos llamados inflorescencias, que pueden contener desde unas pocas hasta decenas e, incluso, centenares de flores, lo que, como puede imaginarse, supone un gasto energético tremendo para la planta. Este espectacular despliegue no tiene como finalidad, por tanto, deslumbrar a nadie, sino que su objetivo es muchísimo más importante: es una pieza fundamental de su estrategia reproductiva. Las flores tienen una forma, unos colores y un olor determinados para atraer al polinizador adecuado. Cada orquídea tiene su propio polinizador específico: alguna especie concreta de mariposa, polilla, avispa, abejorro y hasta colibríes o murciélagos.


Los pétalos destacan por sus colores y formas y están diseñados para incitar al polinizador a posarse sobre la flor de la manera apropiada, esto es, en dirección a la superficie del estigma. Para ello, uno de los pétalos (el central o inferior), llamado labelo, sufre una transformación más elaborada para servir de zona de aterrizaje al polinizador, adoptando una conformación diferenciada y adaptada a éste. Los sépalos suelen ser muy parecidos a los pétalos, pero ligeramente más pequeños y de colorido menos llamativo.

Las orquídeas son casi en su totalidad (aunque alguna excepción existe) hermafroditas: portan ambos sexos en una estructura denominada ginostemo o columna, pero están separados por una pared llamada rostelo que impide la autofecundación. La fecundación suele producirse, en consecuencia, de modo cruzado: de una flor a otra en la misma planta o en plantas distintas. En este intercambio es indispensable el polinizador: los polinios (que contienen los granos de polen) quedan adheridos a él al abandonar la primera flor en la que se posa. Cuando interactúa con una 2ª flor, los polinios entran en contacto con el estigma, que no es más que la puerta de entrada al ovario. Su superficie pegajosa capta con facilidad los granos de polen.

El ovario se encuentra, pues, bajo el estigma, hacia el pedúnculo de la flor, y contiene un elevadísimo número de óvulos. Es por ello que el polen de las orquídeas se dispersa agrupado en los polinios, para que la eficacia de la fertilización sea máxima. El fruto de las orquídeas, llamado cápsula, puede contener cientos de miles, o incluso millones, de semillas.

Cultivo

Ahora que ya conocemos las partes principales de una orquídea y su función, entraremos a comentar algunos factores externos importantes, pues van a incidir directamente en su buena salud, indispensable para que crezca, florezca y se multiplique. Éstos son: la luz, el agua, la temperatura y los nutrientes.

El agua de riego

El agua es muy importante para las orquídeas. Sin ella no podrían vivir, ya que gran parte de la estructura de la planta es agua. Sin embargo, no toda el agua disponible a nuestro alrededor es adecuada para regar orquídeas. Entonces, ¿qué agua debemos usar para el riego? ¿Del grifo, de un río, de pozo, de ósmosis? Y, ¿cada cuanto tiempo tenemos que regar? Éstas son preguntas que se suele plantear cualquier persona que comienza a cultivar orquídeas. Y son fundamentales, aunque difíciles de contestar satisfactoriamente.

El agua es un solvente universal y, dependiendo por donde trascurra, va disolviendo (se va cargando de) sales minerales como, por ejemplo, bicarbonatos, sulfatos, sílice, etc. No hay más que leer las etiquetas de las diferentes aguas embotelladas que pueden encontrarse en cualquier supermercado para darse cuenta de que cada una de ellas es distinta a las otras: su composición química no es igual.

Las orquídeas requieren, en general, de un agua ligeramente ácida o neutra, esto es, con un pH comprendido entre 5,5 y 7. Además, precisan que las sales minerales que transporta ese agua estén muy diluidas, normalmente a concentraciones entre 100 y 250 mg de sales/L de agua, pues el exceso o acumulación de minerales en las raíces acaba destruyéndolas. Muchas aguas corrientes (del grifo), especialmente aquí en la Comunidad Valenciana, son muy duras, es decir, contienen muchas sales de calcio (aguas calcáreas) que, aparte de aumentar la concentración total de minerales del agua a valores cercanos a 1000 mg/L, le confieren un pH claramente superior a 7. Por tanto, esas aguas no sirven. Sí pueden utilizarse las aguas blandas, siempre que su pH sea algo ácido o neutro y no contengan cloro.

Puestos a escoger, la mejor opción es, seguramente, el agua de lluvia recogida en un lugar sin contaminación, pero esto no siempre es posible. Tenemos, pues, que encontrar un agua parecida o, si no hay más remedio, acondicionar aquélla de que disponemos antes de usarla. Esto último precisa conocer su pH y su concentración de sales.

Para medir el pH existen varios sistemas: electrónicos (potenciómetros conocidos como pH-metros) o reactivos químicos (indicadores) que pueden presentarse en forma líquida o impregnados en papel, como el papel tornasol. La concentración de sales minerales puede estimarse mediante conductímetros electrónicos o reactivos líquidos. Todos estos productos se pueden adquirir en tiendas de acuarios.

Sin embargo, cuando se tienen pocas plantas, suele ser más económico, y menos tedioso, optar por una (o varias) de las siguientes opciones: el agua embotellada de mineralización muy débil, el agua que condensa en los aparatos de aire acondicionado y/o el agua de ósmosis, caso de que se disponga de algún dispositivo de ósmosis inversa.

En cuanto a cuándo regar, no existe un intervalo de tiempo determinado: Hay que hacerlo cuando la planta lo necesita y, básicamente, en verano más que en invierno. La mejor fórmula a seguir suele ser: mojado, seco, mojado. Esto significa que se debe regar copiosamente, para conseguir que la planta se hidrate bien, dejar luego que seque total o parcialmente (dependiendo del tipo de orquídea) el sustrato, y entonces, y sólo entonces, volver a regar. Lo fundamental aquí es que las raíces deben poder secarse y airearse entre riego y riego, no deben permanecer constantemente encharcadas. El tiempo que trascurra entre riegos dependerá de la temperatura y de la humedad relativa del ambiente.

Puedes encontrar más información sobre el riego de las orquídeas aquí.

La luz

Las orquídeas necesitan luz para realizar la fotosíntesis y, sin duda, la mejor luz que podemos aportarles es la solar, por lo que lo más razonable es cultivarlas allí donde disponemos de suficiente luz procedente del Sol, aunque no necesariamente directa. Si esto no es factible, tendremos que intentar proporcionarles la luz que mejor puedan aprovechar.

La luz se compone de ondas que tienen longitudes diferentes. El ojo humano sólo es capaz de ver un intervalo muy pequeño de esas ondas, aquéllas que van aproximadamente desde los 750 nanómetros (nm) de longitud, que apreciamos de color rojo, hasta los 400 nm, que observamos de color violeta. Un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro.

Entre ambos valores se distribuyen las ondas que dan lugar a los diferentes colores del arco iris y la combinación de todas ellas es, para nosotros, una luz blanca. La ausencia de cualquier luz visible, es el negro.

Más largas que las ondas rojas son, por ejemplo, las infrarrojas, y más cortas que las violeta, las ultravioleta, que nosotros no vemos, pero que sí están presentes en la luz solar y que, además, las plantas pueden aprovechar, sobre todo las ondas ultravioleta. De hecho, las ondas que menos precisan las plantas son las que tienen entre 500 y 600 nm, que corresponden al ¡color verde! En efecto, vemos las plantas verdes porque son las ondas verdes las únicas que no absorben, es decir, las únicas (de las que nuestro ojo aprecia) que ellas reflejan.

Por otra parte, cuanto menor es la longitud de una onda lumínica, mayor es su energía y, en consecuencia, su temperatura. Técnicamente, la temperatura se mide en kelvins (K), lo que ha conducido a la clasificación de las bombillas en cálidas y frías, según el color hacia el que se desvía más su luz: rojo (1000 K) o azul/violeta (10.000 K), respectivamente.

Dado que las plantas precisan tanto de luz rojiza (cálida) como de luz azulada (fría), colocar a nuestra orquídea bajo una luz de uno u otro tipo no le va a ser suficiente para realizar la fotosíntesis de manera eficiente, lo que, a la larga, se traducirá en la aparición de una serie de carencias. Así pues, si queremos que nuestra planta esté fuerte y sana y, por tanto, pueda florecer, tendremos que suministrarle luz de ambos tipos.

Como ya dijimos al principio de la sección, esto se solventa fácilmente situándola en un lugar con suficiente luz solar. Si se dispone de poca, conviene entonces elegir orquídeas que no requieran de mucha luz. Es decir, dado que cada orquídea precisa de una intensidad de luz distinta, se debe optar por aquéllas que mejor se adapten al lugar en que las vamos a ubicar y no al revés.

La humedad relativa

La humedad relativa es una medida de la cantidad de vapor de agua contenido en el aire y, por tanto, no hay que confundirla con el agua de riego. Ambos son factores externos que, aunque relacionados, son distintos y no intercambiables. Además, los 2 deben controlarse porque se influyen entre sí.

En efecto, casi toda el agua absorbida por las raíces en el riego es transportada hacia la parte aérea de la planta y evaporada en la superficie de las hojas. Esta pérdida de agua, como ya se ha comentado, se denomina transpiración y es imprescindible porque hace posible que los fluidos circulen por la planta repartiendo, por ejemplo, los nutrientes. Asimismo, una pequeña cantidad del agua absorbida por las raíces se usa en los procesos de crecimiento y en reacciones como la fotosíntesis.

La humedad del aire es fundamental porque influye directamente en la correcta transpiración de la planta: cuanto más cargado está el aire de vapor de agua, más difícil resulta que retenga el agua evaporada por la planta, lo que ralentiza la transpiración y todo lo que va asociado a ella. Y a la inversa: si el aire tiene poca humedad (aire seco), la transpiración se acelera, lo que puede conducir a una rápida deshidratación de la planta.

De lo dicho puede deducirse, pues, que si la humedad relativa del aire es muy elevada, no conviene regar en exceso a la planta (a menos que las temperaturas sean altas: ver luego), ya que se corre el riesgo de dejar mojadas las raíces durante demasiado tiempo, al ser incapaces de absorber el agua de riego con la suficiente rapidez (transpiración lenta). Por el contrario, y en general, si la humedad relativa es muy baja, habrá que aumentar la frecuencia de los riegos.

Las orquídeas más comunes entre los aficionados vienen de países tropicales donde la humedad suele ser alta (del orden del 50-80%) y, por lo tanto, están adaptadas a ello. Humedades inferiores hacen que transpiren mucho y, aún con riegos frecuentes, impiden que la planta realice sus funciones vitales con normalidad. La consecuencia más común de una humedad relativa demasiado baja es la pérdida de hojas: la planta intenta evitar así deshidratarse.

Por otro lado, humedades ambientales superiores al 80% pueden ser, incluso, más letales, pues el agua transpirada no consigue evaporarse y queda en forma líquida sobre la superficie de las hojas, dificultando todavía más el proceso de transpiración. Tanto esta agua como la que queda atrapada en las raíces son un caldo de cultivo muy propicio para el desarrollo de hongos patógenos.

Así pues, se debe en lo posible intentar mantener una humedad relativa adecuada en torno a nuestras orquídeas. Para reducirla, lo único que puede hacerse es utilizar deshumidificadores. Los aparatos de aire acondicionado son, para este propósito y en verano, excelentes. También se puede intentar aminorar los efectos adversos de una humedad elevada aumentando la circulación del aire, por ejemplo, con un pequeño ventilador.

Para incrementar la humedad relativa, existen, en cambio, diferentes estrategias, que pasan por la utilización de humidificadores, nebulizadores, mini-invernaderos, mojar el suelo, etc. Aunque el truco utilizado más habitualmente consiste en el empleo de bandejas con agua y guijarros que sobresalgan de ésta. Sobre ellos se instala la orquídea, evitando que sus raíces toquen el agua. De esta manera se crea un micro-clima húmedo ideal para la planta.

La temperatura

Como ya se ha comentado, pueden encontrarse orquídeas salvajes en casi todas las partes del planeta por lo que, dependiendo de su lugar de origen, cada una estará adaptada a crecer en un determinado intervalo de temperatura, fuera del cual su desarrollo, e incluso su supervivencia, se verán amenazados.

Es muy importante, pues, conocer el nombre de las orquídeas que cultivamos, ya que según su género y especie las temperaturas óptimas de crecimiento van a variar. De hecho, no deberíamos adquirir ninguna orquídea a la que no podamos mantener en las temperaturas apropiadas, puesto que, aunque consigamos que sobreviva, probablemente nunca la veremos florecer.

Por otra parte, conviene tener en mente que los factores externos de los que hemos hablado se relacionan entre sí. Dentro de su intervalo de temperatura de crecimiento, una orquídea precisará de más humedad y/o riego y de más luz cuanto mayor sea la temperatura ambiente. La razón estriba en que en esas condiciones su metabolismo se acelera y, en consecuencia, consume agua y luz a mayor velocidad. Y a la inversa: cuanto más baja sea la temperatura, menores serán sus necesidades de agua y luz. Además, hay que tener siempre presente que estos factores no son intercambiables, esto es, que la reducción de uno no se compensa con el aumento de otro. Todos deben caminar en el mismo sentido.

La comida de las orquídeas

Las orquídeas se alimentan, básicamente, de agua, CO2 del aire y sales minerales. Estas últimas no las suelen tener a su disposición en nuestras casas o invernaderos, por lo que debemos aportárselas. Son los componentes fundamentales de los abonos o fertilizantes.

Los abonos están constituidos por una mezcla de sustancias inorgánicas (sales minerales) y, a veces también, por sustancias orgánicas complementarias como vitaminas, aminoácidos y bioestimulantes. Todas son nutrientes asimilables por las plantas, que les permiten desarrollarse y florecer adecuadamente, si se suministran con la dosis y frecuencia apropiadas y el resto de factores externos se controlan correctamente.

En efecto, de lo dicho en la sección anterior puede deducirse que las orquídeas precisarán de una fertilización más frecuente a medida que aumenta la temperatura y el aporte de luz, puesto que, como ya se ha comentado, su metabolismo se acelerará en consecuencia. En esas circunstancias, si la planta no puede conseguir nutrientes del exterior (abonos), los tomará de sus reservas internas, lo que conducirá a situaciones como, por ejemplo, el arrugamiento de pseudobulbos y cañas. Por otra parte, una fertilización excesiva en periodos de baja temperatura y luz, sólo conduce a la acumulación de sales sobre las raíces, pues éstas no las van a absorber (metabolismo bajo), circunstancia que puede acabar destruyéndolas.

Los abonos comerciales tienen diferentes formulaciones y, dependiendo de los resultados que queramos obtener, se pueden elegir unos u otros. La formulación básica de cualquier fertilizante viene especificada en su envase con las letras N P K seguidas por tres números. Las letras son los símbolos químicos del nitrógeno (N), el fósforo (P) y el potasio (K) y los números indican qué porcentaje de cada uno contiene el producto.

En condiciones normales, cualquier abono equilibrado, es decir, con los 3 números iguales (por ejemplo, 20-20-20), suele funcionar bien. Pero en algunas circunstancias puede ser recomendable utilizar un fertilizante con una mayor proporción de fósforo o potasio. Así, dado que el fósforo fomenta el enraizamiento, los productos con el 2º número (P) más elevado son más útiles con orquídeas recién trasplantadas, mientras que aquéllos con un alto contenido en potasio estimulan la floración.

Las orquídeas, especialmente las epífitas, necesitan de esos nutrientes en dosis muy pequeñas, pero, normalmente, muy frecuentes, sobre todo durante su periodo de crecimiento, habitualmente en primavera-verano. Lo más aconsejable, por tanto, es utilizar abonos formulados específicamente para el cultivo de orquídeas y seguir las recomendaciones del fabricante en cuanto a su dosificación y frecuencia de uso.

Sin embargo, también pueden emplearse fertilizantes más generales, siempre que no contengan nitrógeno en forma de urea. En estos casos, conviene rebajar la dosis indicada por el fabricante, generalmente a una cuarta parte.

Los abonos suelen usarse diluidos en agua, bien con el riego o, también, por vía foliar, esto es, mediante pulverización de las hojas. Cuando se utilizan fertilizantes foliares es aconsejable regar antes y aplicar el producto un par de horas después, pues se corre el riesgo de producir quemaduras en la planta.

Consideraciones finales

El primer paso para iniciarse exitosamente en el cultivo de orquídeas es la adquisición de una buena planta, sana y fuerte. Esto implica, básicamente, que su aspecto general nos dé buena impresión, por ejemplo, que no tenga manchas en las hojas o pseudobulbos encogidos. Además, debemos tantearla con las manos y asegurarnos de que está bien sujeta a su soporte, ya que, si se mueve, podría ser señal de que sus raíces (recordemos que son la parte más fundamental de una orquídea) están dañadas o de que ha sido trasplantada recientemente y aún no ha enraizado. Uno de los dichos más conocidos entre los cultivadores de orquídeas es: Orquídea suelta, orquídea muerta.

Asimismo, la planta debe poder adaptarse fácilmente al lugar que tenemos destinado para ella, para lo cual hay que tener muy en cuenta, como se acaba de explicar, la temperatura, la humedad y la luz disponibles. Conducirse a la inversa, especialmente si uno es un principiante, es casi sinónimo de fracaso.

Conocer el nombre de la orquídea es muy importante, pues permite buscar información sobre sus necesidades de cultivo. Ésta puede hallarse hoy en día fácilmente por internet, pero también existen buenos libros y manuales que pueden ser muy útiles. Además, repartidas por prácticamente todo el mundo, existen numerosas asociaciones de orquideófilos, que suelen estar siempre dispuestas a resolver dudas. No hay preguntas tontas.